martes, febrero 06, 2007

Kinestesia

La suprema felicidad de la vida es saber que eres amado por ti mismo,
o más exactamente a pesar de ti mismo.
Víctor Hugo


David se metió en la máquina y repitió el mismo ejercicio de los últimos tres meses: simplemente pensó en Sara. Si alguien se hubiera enterado de que usaba el carísimo TEP del Instituto cuando todos almorzaban, lo hubieran echado de su trabajo como investigador. Pero las obsesiones ridiculizan los riesgos y David, que comenzó buscando respuestas, ahora estaba buscando resultados.

Todo empezó como un juego. Sara quería ver funcionar aquella máquina. Había leído mucho sobre ella y sentía curiosidad por ver su cerebro trabajando. Él, incapaz de ignorar los deseos de ella, lo arregló todo para colarla un mediodía. Una vez que puso en marcha el aparato, David le pidió que resolviera operaciones matemáticas, que elaborara frases y que se concentrara en mundos fantásticos. Al instante la pantalla mostraba su cerebro tiñéndose de colores en distintos puntos revelando la intensidad del esfuerzo. Por último David le susurró: “piensa en mí”.

En cuanto estuvo solo comparó las imágenes de sus tomografías. Buscó el segundo exacto en que ella pensó en él. Las zonas donde se generan las emociones aparecían mucho menos iluminadas que en las de David. Era evidente que sus sensaciones no eran las mismas. Sara no percibía ese mismo cosquilleo en el pecho, esa súbita euforia, esa abrumadora ternura que él pensaba que compartían.

Aquello puso en peligro todo el futuro que él había imaginado. De pronto toda la estructura bajo la que se escondían sus debilidades se tambaleaba. Sin embargo tras unas horas de consternación, David volvió a actuar como un hombre de ciencia y analizó el problema: Sara era la única parcela emocional que se había permitido y ahora descubría que podía perderla en cualquier momento. Si lograba imprimir en ella el mismo mapa de sus emociones, sentiría el exacto sobresalto y la unión sería perfecta.

El reto era enorme. David sentía por Sara emociones tan complejas que difícilmente podía expresar. En su mente no tenían forma, apenas podía definirlas como trazos luminosos, eléctricos, al borde del escalofrío. Sin embargo sabía qué partes de su cerebro se activaban al pensar en ella, y llevaba buena parte de su vida estudiando los estímulos que podían lograr ese efecto. Así que empezó a trabajar.

Pasaba los días encerrado en su despacho, justo al lado del TEP. Se gastó el presupuesto de su investigación en una estructura que recordaba una enorme concha de caracol en la que cabía una persona. El colorido interior producía cierta desorientación gracias a una compleja red de bombillos, espejos y recipientes de aromas colocados calculadamente. Una pantalla de plasma proyectaba imágenes relajantes y un avanzado sistema creaba un sonido envolvente. En el centro de todo, un suave sofá era el punto en el que convergían los cientos de estímulos. David ajustaba, calibraba, sincronizaba y al final de cada día se encerraba en la caja y encendía el interruptor. Sabía que estaba a punto de lograr su objetivo. Cada vez la experiencia en la máquina se parecía más al abrumador sentimiento que Sara producía en él.

Finalmente una tarde la llamó. Se disculpó por haber estado ausente las últimas semanas, y la invitó al Instituto. Al entrar en la cámara, Sara dijo extasiada que era una de las cosas más increíbles que había visto. “Y ya verás cuando la encienda”, respondió David mientras salía y cerraba la compuerta. Adentro, a una temperatura perfectamente controlada, empezaron a aparecer imágenes en la pantalla cada vez con más rapidez: formas coloridas, paisajes idílicos, gotas de lluvia, el rostro de Sara… Por los cuatro costados se sucedió una vertiginosa y abrumadora secuencia de luces, aromas y sonidos.

El proceso apenas duró tres minutos tras los cuales se abrió la puerta. David la buscó expectante entre una suave nube de vapor. Ella yacía en el sofá, jadeando voluptuosamente. Era evidente que la máquina había funcionado. David le tomó la mano para sacarla del trance. Le habló con suavidad:

-¿Entiendes ahora lo que siento por ti?
-Lo entiendo –dijo ella con la mano en el pecho para detener las pulsaciones.
-¿Sientes lo mismo que yo?
-Sí –respondió con un hilo de voz-. Me quiero muchísimo.
Se puso en pie con dificultad, y cuando él, aún atónito, intentó ayudarla ella le apartó suavemente:
-Deja. Yo puedo sola -dijo riéndose de su propio traspiés-. De pronto siento que no necesito a nadie para estar completa.
Antes de alejarse, besó compasivamente a David en la mejilla y sólo susurró:
-Gracias.

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